viernes, 27 de febrero de 2009

Capitulo tercero

Zzzzzzzz
El vuelo de una mosca se vio interrumpido por un olor jugoso, la llamaba desde la distancia, un agresivo viraje entre las orejas de dos enamorados y una esquina mas adelante encontró el botín. Un anciano desecho encima de la acera...umm.


Sus pequeñas patitas se posaron sobre una de sus pupilas, ahí estaba, con los ojos abiertos y la expresión aterrorizada de quien ha descubierto una verdad espantosa y sabe que nunca podrá contarla. Picoteó un poquito, el sabor agridulce de aquel plato gris la reconfortaba, decidió no volver a comer jamás mierda de perro y continuó el almuerzo, mientras distinguía otros olores. ¡Mucho mas apetitosos!


Levantó el vuelo y se dirigió rauda hacia la puerta entreabierta de la casa ante la que el aperitivo se había derrumbado. El olor de la sangre lo impregnaba todo y zzzzzz otro cuerpo en la penumbra del pasillo, con la cabeza como una sandia que se ha caído al suelo, los trozos de cerebro esparcidos por las paredes. ¡Que manjar más sabroso!


Pero aun había más zzzzz el hueco de las escaleras siguió descubriendo cuerpos, una mujer, un niño, una anciana, un hombre...había demasiados. La mosca confusa y embriagada no sabía por donde empezar. Al fin se posó encima del pomo de una puerta cerrada. El cuerpo inerte de una niña pequeña la miraba sumergido en un río de sangre, las manitas entrecerradas señalando la puerta y una expresión de sorpresa dibujada en su rostro. El manantial de su sangre, ya seca, se había derramado por el agujero de escopeta en su pecho. Ese sería el primer plato.


¡Zas! La puerta se abrió de golpe, aplastando al insecto.


El inspector Rodríguez con su equipo de sabuesos acababa de hacer entrada.


-¿Qué diablos ha pasado aquí?-

jueves, 26 de febrero de 2009

Capítulo 2

Tú les has matado -repetía su reflejo sin cesar- Tú, les has matado.

Inmóvil, con la mirada perdida, contemplaba como el mundo a su alrededor se iba apagando. La oscuridad avanzaba rápidamente devorando todo lo que alcanzaba su ya de por si maltrecha vista, de pronto, ya no quedaba nada. Los colores antaño vivos y variados se tornaron negro, rosa pálido su rostro y su carne amarillenta. Pero él seguía eternamente vivo, atrapado en una carcasa inmóvil de pellejo putrescible, durante unos largos minutos mas. Según se iba apagando, iban creciendo y fortaleciéndose toda clase de seres microscópicos en su interior que, incapaces de desaprovechar semejante oportunidad, comenzaban a devorar sus entrañas.

¿Quienes han muerto?-Se preguntó de pronto.

Ya no pudo plantearse nada mas. Sus ultimas funciones se fueron apagando en los 5 segundos mas largos de su vida mientras su cuerpo, aun intacto, caía inerte frente al portal de su casa. Su reflejo, antes tan vivo y convincente ya no decía nada. Solo quedaba un cristal, inerte y vacío, último testigo de su existencia, de su opacidad.


Su casa, un minúsculo dúplex en la calle Oliva numero 27, resistió una vez más el envite del tiempo, quedando así como último vestigio de tan singular personaje. Imbatible en otros tiempos, era su casa ahora la que carcajeaba contemplando su mustio cadáver. Sin embargo su risa no la causaba el júbilo de haberle ganado la partida al tiempo y al anciano (por ahora), sino porque conocía la respuesta.

Los muertos eran, paradojicamente, sus recuerdos. Precisamente por eso la casa reía tan altiva, ya no quedaba nada mas que matar.

Capitulo primero

Aquella mañana no se había molestado en dibujar sobre su cuasi desierta cabeza la ya conocida raya que como cada mañana colindaba con su oreja izquierda y ayudaba a disimular el otoño capilar. Andando deprisa e inquieto, miro hacia atrás en aquel preciso momento. Estaba seguro. Lo había visto.

El reflejo de lo acaecido hacia apenas unas eternidades le perseguía y se escondía al doblar cada esquina. Le miraba de reojo, aguijoneándole la memoria. Airado intento correr pero la edad y el temblequeo que había empezado a recorrer cada recoveco de su retorcida y nervuda anatomía no le permitieron salvar más de media manzana. Aterrado con los ojos desenfocados contemplo el lugar al que le habían conducido sus presurosos pasos. Su casa. Aquí empezó todo.

El olor agridulce del néctar de las venas acudió raudo a su nariz; empezaban a descomponerse.

El escalón sobre el que tuvo que sentarse, para no rodar por el suelo, parecía helado y el tacto le ayudo a despejarse. No podía alejarse del antaño llamado hogar. No podía dejarlo así, jamás descansaría tranquilo, ese estúpido reflejo no le dejaba ni a sol ni a sombra y una vez le vio sentado se acerco despacio. Se choco con su costado, se acuclillo frente a frente y reflejando el terror del anciano en sus inexistentes pupilas, pronuncio: Tu les has matado.