-Se nos acaba el tiempo -murmuró Rodríguez mientras miraba a Sánchez de reojo.
Sánchez conocía bien al inspector, no en vano, los 13 años que llevaba trabajando con él le servían para saber de sobra lo que significaba un solo gesto. Se avecinaban problemas, y de los gordos. Mas le valía apresurarse porque si la policía entraba en escena de poco iban a servirles las pruebas que tuvieran, se las arrebatarían haciéndolas suyas, sin embargo aún no conocía un solo policía capaz de sacar nada útil de todo aquello.
-Crimen pasional, como si lo viera...-Pensó Sánchez en alto.
-Hombre Sánchez, quiero pensar que en la policía queda alguien con sentido común, esto mas que pasión es desenfreno...Oiga, ¿sabe algo de Marta?
-Lo mismo que usted inspector.
-Pues mal vamos...Aunque visto lo visto, casi mejor que se quitara de en medio, así no tendré que preocuparme de que mantenga la boca cerrada.
-Si usted lo dice...
-Ande ande, déjese de cháchara y acabe con lo suyo que aquí se nos van a merendar como no nos demos prisa.
Las sirenas se detuvieron. No obstante el estruendo causado por lo que parecía ser un barrio entero cotilleando no perdió la ocasión de recuperar protagonismo. Ya habían llegado, tenían que actuar rápido.
-Sánchez, no hay tiempo de hacer nada mas. Diríjase a la cocina y trate de escabullirse por la puerta de atrás. Pase lo que pase la policía no debe tener acceso a nuestras cosas. Tome, llévese mi libreta. Confío en su buen criterio.
-Haré lo que pueda inspector.
-Sabe lo mucho que odio que me hinche las pelotas con su condescendencia, o lo hace o no lo hace, y entonces vamos de culo, mas vale que aleje todas las pruebas de las manitas de esos cerdos o nos estropearan el caso con sus pezuñas.
-No podría haberlo expresado mejor inspector.
-¿Me está escuchando Sánchez?¡Desaparezca!
Sin decir una sola palabra mas Sánchez y Ali se dirigieron a la cocina. Ali hablaba mal español, pero se las sabia todas y ya había forzado de antemano la puerta de servicio de la casa, así que sin mucha dificultad los dos hombres escaparon por la puerta trasera. De poco les sirvió, los pasos de medio cuerpo de policía subiendo apresuradamente por las escaleras les invitaban a recular.
-¿Qué hacer?
-Sígame Alí.
Los dos ayudantes del inspector subieron con cuidado de no armar mucho escandalo las escaleras, piso a piso, hasta llegar al último. Sánchez lo tenía claro, en cuanto pasase un buen rato bajaban y se hacían pasar por vecinos.
-Esperemos que a nadie se le ocurra salir a preguntar qué hacemos aquí. Por si acaso vamos a intentar no armar mucho ruido, ¿Está clarito?
-Coralino señor.
-Será cristalino Alí, cristalino.
-También decir así.
El inspector esperaba impaciente, ¿A quién le habrían encargado esta vez semejante sangriada? Le gustaba causar un efecto cuanto menos impactante en la policía, a lo "clin iswud", eso siempre le había ayudado. Repasó la habitación un par de veces mas, esta vez en busca de posibles pruebas de que cualquiera de sus ayudantes hubiera estado allí. Una vez comprobado, buscó el lugar mas oscuro de la habitación y decidió esperar ahí. Se ajustó el sombrero, subió el cuello de su gabardina y encendió un pitillo. Arropada por el contraluz de una estrecha y mugrienta ventana, su silueta esperaba impasible la llegada de los azulones, inmersa una nube de humo, polvo y ese singular hedor que solo pueden proporcionar unos cuantos "corpus frescus" como solía comentar el inspector.
-¡Latinajos a mi!- pensó.
Poco después aparecieron por la puerta un inspector y su subordinado, ataviados con 2 uniformes limpios y relucientes, enfrascados en una acalorada discusión. La situación no podía ser mas cómica. El inspector bajito y regordete recriminaba con toda clase de gestos y expresiones a su alto y huesudo compañero por haberle tirado el café, mientras este le miraba, cansado, y le escupía con desgana alguna disculpa que otra intercalada con sus propios argumentos que podrían resumirse en que la culpa no era suya.
Entretanto Marta llegó a la cafetería mas cercana. Se detuvo en la puerta, abrió su bolso y comprobó para su disgusto que sólo tenía un par de euros aparte de los 10 del inspector.
-No me da para los dichosos tacones de "Azucena". Tendré que tomarme ese café.
Azucena era su tienda favorita, una zapatería modesta, que también vendía una cantidad limitada de ropa y complementos, situada justo debajo de su casa. Mas que su tienda favorita, era la única tienda en la que compraba algo, porque aparte de vivir encima tenía precios inigualables.
Marta entró en el bar "La silla pintada".
-Menudo churro de nombre- Pensó.