
¿Qué diablos había ocurrido? Eso se preguntaba Ali, "el cerrojos", nada mas entrar. Le llamaban así porque solo valía para una cosa, forzar cerraduras. Al inspector le venía que ni pintado, pero procuraba que no se diese mucha cuenta de ello (
que luego te piden la vida por cuatro puertas de ná).
La bienvenida fue insuperable, cadáveres humeantes en avanzado estado de descomposición les saludaban entre restos de sangre y huesos. Las paredes, decoradas con los sesos de uno de los cuerpos, esperaban en silencio otra pregunta. Sin embargo, la pregunta del inspector Rodriguez al entrar no fue la esperada.
-¿Avisaste a Marta? Esa mujer hara que un dia pierda los nervios, sigo preguntandome por qué la mantengo en nómina. Maldita furcia...
- La señora Marta ya venir, ella decir que cogería un taxi y venir volando.
-¿Por qué coño tienes que hablar así? Te tengo dicho que no eres un puto indio. Llevas aquí mas de cuatro años, ¿cuando piensas aprender mi idioma? - Ali bajó la cabeza, el inspector resopló, cansado - ¿Va a coger un taxi dice la señorita? Y luego me viene racaneando a fin de mes, ¿sabes que te digo? - Ali abrió la boca como para contestar- Por mi como si fleta un vuelo charter ¿Ibas a decir algo?
- Iba a contestarle...
-Joder Ali, no era una pregunta para ti, no se para que cojones hablo contigo. A ver, ¿Qué tenemos? -Esta vez Ali sabía que ya no estaba hablando con él.
Rodríguez fue repasando la escena poco a poco, tomando notas con su libreta. Le gustaba pasear, ayuda a pensar. Solía decir que por eso se mató Socrates, paseaba demasiado y concluyó que para vivir dando por culo mejor tragar cicuta.
El inspector era un hombre alto, de unos cincuenta y muchos años. Tenía la mirada fría y distante, sus dos ojos grises, penetrantes, daban buena cuenta de todo lo que habían visto mucho mejor que las arrugas de su cara. Llevaba siempre un traje gris marengo impoluto, aunque viejo y raído; si tenía otro, nadie lo había visto hasta el momento. Gustaba también de llevar sombrero, herencia de su padre. Fue lo único que aprendió de él,
"un señor se viste por los pies y se presenta con la cabeza". Sus zapatos, unos mocasines de los de toda la vida, cuidadosamente encerados, y de complemento un reloj Timex dorado con la correa de cuero y la esfera blanca. El cristal era de cuarzo, duro y resistente, indestructible según su vendedor. Se lo compró directamente al distribuidor en España, un empresario de nivel medio, metido en toda clase de negocios. Su sueño era montar una granja de avestruces, tuvo una de pollos una vez. Aquel hombre fue probablemente la única persona que le caía bién al inspector Rodríguez, lástima que muriese. Para convencerle de que comprase el reloj llamo a su hijo y le pidió que lo estrellara contra la pared con todas sus fuerzas. El niño feliz y orgulloso de poder ayudar a su padre agarró el reloj, cogió carrerilla y lo lanzo directo contra el gotelé. Al recogerlo el reloj no tenía una sola muesca. Rodríguez no necesitó mas pruebas. Un reloj indestructible para un hombre imperturbable. Era una buena combinación.
El inspector continúo la ronda y se detuvo ante la puerta más alejada de la entrada. Ignoró por completo los restos humanos que descansaban a su alrededor, aquello no tenía interés, era como una maraña de pelos en mitad de un vertedero. Pero aquella puerta cerrada...Eso sí llamo su atención.
-Esta niña...La han arrastrado. Estaba aquí dentro.-Dijo para si.
El inspector intentó girar el pomo pero estaba suelto.
-¡Aliiiiiiii!
-¡Voy!
Ali se apresuró a hacer su trabajo, sabía que el inspector odiaba esperar. Mientras tanto el sonido de unos tacones acercandose apresurados resonaba en los timpanos del inspector como una herida punzante.
- Por fin te dignas a aparecer Marta.
En escena, entró una mujer de estatura media, jadeante. Su mirada andaba demasiado perdida pensando en el cabreo del inspector como para percatarse de la situación. El inspector la miraba, repasando la figura que temblequeaba ante su escrutinio.
- Podrías llevar una falda mas corta, pero sería una bufanda ¿Por qué en lugar de comprarte esos modelitos tan horribles no te compras un puñetero reloj de una vez?
El inspector adoraba los chistes de faldas. Marta llevaba un vestido corto de noche a rayas blancas y negras, imitando a una zebra y un chaleco negro que pretendía ser de bisón, aunque no pasaba de perro muerto. En su cuello tenía anudado un collar de perlas y en sus brazos un par de brazaletes plateados. Sujetaba con la mano izquierda su bolso, a juego con el chaleco.
La chica miraba para abajo, como arrepentida.
- Lo siento inspector, ya sabe que no me gusta estar atada, mucho menos al tiempo.
- Siempre me sueltas esa gilipollez. Si no fueras rubia teñida pensaría que eres tonta. Siendo morena te quedas en gilipollas.
Marta prefirió no contestar. Sabía que el inspector disfrutaba de esos abusos, era parte de su personalidad, pero estaba convencida de que no lo decía en serio, estaría enfadado pensó. Estaba locamente enamorada de él desde que le conoció. El despreció con que la mirada no hacía mas que avivar su fuego interno.
- ¡Sánchez! ¿Dónde huevos se mete? ¿Tiene algo ya? ¡Quiero la reproducción de la escena lista para cuando salga de esta habitación!
Por el resquicio de una de las puertas se asomó un hombre bajito y regordete con pelo cano y escaso. Llevaba un par de anteojos sucios y una camara fotográfica con un objetivo enorme entre sus manos. Vestía con unos pantalones de raya, una camisa blanca y un jersey con cuello en uve.
- Son muchos cadaveres señor, esta gente sabe como montar una buena fiesta.
- Haga su trabajo Sánchez y déjeme a mi el humor negro.
- Eso estaba haciendo.
Sánchez era la mano derecha del inspector. Mientras tanto, su izquierda miraba al frente, pálida.
- Tendrá no mas de ocho años. Sé que es duro, superalo.
La cara de Marta se puso verde.
- Largo de aqui o lo estropearas todo con tu ridículo desayuno, si es que has comido algo. Toma -el inspector metió la mano en el bolsillo interno de su chaqueta y sacó 10 euros- vete a tomar un café y vuelve dentro de un rato cuando se te pase el susto. De paso haz algo útil y ve avisando al cliente. No me dijo nada de una sangriada, esto le va a salir mas caro.
En ese momento Ali lograba abrir la puerta. Marta desapareció como un fantasma. Allí estaba, ante sus ojos, el meollo del asunto. La habitación estaba vacía. Las marcas de sangre que indicaban que la niña fue arrastrada hasta la puerta guiaron al inspector hasta la pared a la izquierda. Había un mensaje escrito con sangre.
ROMPISTE EL SACO. MI DOLOR SERÁ EL TUYO.